El día que seis niños murieron sepultados por un corrimiento de tierra en Cartaya

El sábado, ocho de noviembre de 1952, hace ahora 65 años, se escribió una de las páginas más negras de la historia de Cartaya. Y es que ese fatídico día, sobre las siete y media de la tarde según las crónicas de la época, el desprendimiento de un barranco en pleno casco urbano sepultó y segó la vida de seis niños de entre cinco y diez años.

La noticia conmocionó la localidad. Nadie recordaba en el pueblo un acontecimiento tan trágico como aquel y, con los medios de la época, sobre todo el boca-oído, el suceso recorrió todos sus rincones como un reguero de pólvora, consternando profundamente a los vecinos.

Sesenta y cinco años después aún hay muchos vecinos de Cartaya que recuerdan los fatídicos hechos por haberlos vivido en primera persona, y otros muchos más tras haberlos escuchado en casa durante décadas. Pero la mayoría de los jóvenes de la localidad se quedan perplejos cuando se enteran de que una fría tarde de noviembre, las inocentes vidas de seis menores, algunos de ellos hermanos, se apagaron para siempre de forma trágica tras caerles encima más de 20.000 toneladas de arena del conocido popularmente como barranco de El Lavadero.

Dada la trascendencia del suceso, y en un tiempo alejado de las redes sociales y la inmediatez y saturación informativa en la que vivimos actualmente, varios periódicos se hicieron eco de la noticia y, por ejemplo, la edición de la mañana del diario ABC de Sevilla publicó en su página 45 del domingo, 9 de noviembre de 1952, “Varios niños y un carrero, con su carro, sepultados”. Como subtítulo este mismo medio añadió “se produjo un desprendimiento de tierra y van extraídos ya cuatro cadáveres”. Ya en el cuerpo de la noticia el diario sevillano detalla que “En el pueblo de Cartaya, y en el lugar conocido por El Lavadero, se desprendió un cabezo de tierra, de donde se sacaba arena para realizar diversas obras. Como consecuencia del desprendimiento, quedó enterrado el carrero Manuel Lota, con su carro y la caballería, resultando aquél gravemente herido”.

En los párrafos siguientes se puede leer “varios niños, que jugaban en los alrededores, quedaron sepultados” por lo que “inmediatamente se iniciaron los trabajos de salvamento por una brigada de 22 obreros, interviniendo también el alcalde y el comandante del puesto de la Guardia Civil”. El diario también ofreció los nombres de algunos de los fallecidos: “se consiguió extraer los cadáveres de los niños José Domínguez Tinoco, de cinco años; Marcelino de los Santos, de ocho; José Romero, de nueve, así como otro sin identificar. El niño Roberto Flores resultó con heridas leves. Se cree que quedan cuatro niños por extraer, entre ellos Antonio de los Santos, de diez años; y José Flores Díaz” para concluir su relato subrayando que “de madrugada continúan los trabajos, que resultan muy laboriosos, pues se calcula que el desprendimiento de tierras fue superior a las 20 toneladas”.

Por su parte, el periódico onubense Odiel llevó la noticia ese día a su portada con un titular a cinco columnas: “Trágico suceso en Cartaya”, al que añade un subtítulo con el texto “Un grupo de niños y dos obreros, sepultados al desprenderse un gran bloque de piedra. Cuatro niños han podido ser rescatados ya muertos. Al parecer quedan otros cuatro enterrados”.

En el cuerpo de la noticia, también desarrollado en la portada, se aportan otros detalles como que los hechos tuvieron lugar “sobre las siete y media de la tarde”, y calificando el suceso como “horrible catástrofe”. El diario onubense informó ese mismo día que “resultaron sepultadas nueve personas” y que “inmediatamente se trasladaron al lugar del suceso el alcalde, comandante de puesto y restantes autoridades locales, procediéndose con toda celeridad a efectuar los trabajos de salvamento”.

Entre los nombres de las víctimas que también aporta este diario se detalla que las primeras en aparecer “fueron el carrero Manuel Lota y el obrero que trabajaba con él en la extracción de arena, Antonio Abrio Oria”, presentando el primero “heridas de pronóstico grave y el segundo, leves”, a lo que añade que “luego se extrajeron los cadáveres de los niños José Domínguez Tinoco, de cinco años y Marcelino de los Santos, de ocho años y herido leve Roberto Flores”, para concluir que “faltan aún por encontrar entre la tierra desprendida los niños Antonio de los Santos, de 10 años y José Flores Díaz, y otros dos cuyos nombres no hemos podido conocer. Los heridos fueron trasladados a la Casa de Socorro y curados por los doctores don Leopoldo García, don Isidro Márquez y don Manuel de Castro”.

La crónica del diario onubense concluye afirmando que “se ha montado una instalación eléctrica provisional para continuar los trabajos de desescombro, en los que intervienen brigadas de obreros y con la ayuda de todo el pueblo, donde la catástrofe ha causado la natural consternación”.

Ya en su edición de la tarde de ese domingo, el mismo periódico actualizó la información titulando “Otros dos niños, sin vida”, detallando que “la brigada de 22 obreros que trabaja sin descanso para rescatar a las víctimas del desprendimiento, ha descubierto dos nuevos niños, José Romero y otro aún no identificado, que aparecieron ya sin vida. Se cree que aún continúan cuatro niños más bajo la gruesa capa de arenas y piedras desprendidas”.

A escasos días de cumplirse 65 años del fatídico suceso, HuelvaCosta.com ha reunido en el punto exacto donde tuvo lugar el desprendimiento de tierra, a dos personas muy estrechamente vinculadas con los hechos. Se trata de Manuel Flores Díaz, que a sus 70 años tenía solo cinco en el momento del accidente y que perdió un hermano, además de resultar otro herido; y  Antonio Álvarez Campos (75 años), que tenía entonces diez años y que se salvó gracias a un dolor de garganta que le hizo abandonar el lugar momentos antes del derrumbe.

Ambos han aportado, además de sus vivencias personales, elementos que llevan a entender un poco mejor la situación económica de muchas familias de la época, sobre todo en uno de los barrios más humildes de Cartaya como es El Lavadero. Y es que ambos niegan, como se publicó, que los menores estuviesen allí jugando, para aclarar que muchos niños acudían habitualmente a dicho lugar para ayudar a los carreros a extraer arena de la base del barranco y cargarla en los carros a cambio de “algo de comida”, que aquel día eran “unos cuantos melones”.

El primero de ellos señala que a la hora del accidente estaba jugando en la plaza cuando, “por donde estaba la escuela parroquial (calle Trascampanas) vinieron corriendo unos chiquillos y me dijeron ¡corre que la barranca se ha caído y ha matado a tu hermano!. Una vez allí, con solo cinco años, sólo recuerda “la gente que había y que vi cómo se llevaban a mi hermano Roberto herido en las piernas para la Casa de Socorro”. Con tristeza lamenta que el cadáver de su hermano fallecido, José Flores, “fue el último en aparecer, tres días después del derrumbe”. “Aquello en casa fue una tragedia –añade- pero yo era muy pequeño y no me acuerdo de mucho, solo que había mucha tristeza”. Lo que sí recuerda perfectamente, concluye, es que los niños estaban allí “ayudando a cargar un carro de tierra, y después el carrero les daba melones”.

Por su parte Antonio Álvarez Campos, que tenía diez años, si lo recuerda todo con más nitidez y señala que “estábamos muchos niños al principio de la calle Ancha (al fondo de la cual se encuentra el barranco), donde yo vivía, cuando “llegaron dos carreros con sus carros y nos dijeron para ir a cargar arena a la barranca, que cuando se acabe os doy unos cuantos melones”.

Álvarez Campos conserva en su memoria muchos más detalles y añade que entonces “se cargaba la arena con unos esportoncitos de goma. Los carreros arrimaban el carro al barranco y se subían a ellos, mientras los chiquillos llenaban los esportones y se los iban dando”. “Así pasó lo que pasó”, subraya.

Pero aquel día la buena suerte se alió con él y, un dolor de garganta quiso que se quedara en casa. Y es que según detalla “cuando llegaron los carros, y los demás niños se subieron a ellos y se fueron con los carreros hacia la barranca, yo me fui a casa porque me dolía la garganta”. No obstante, añade, cuando se produjo el derrumbamiento “me vine al barranco y me encontré el espectáculo: todo esto lleno de gente, caído, la arena en el suelo y los chiquillos enterrados y sacándolos de la arena. Pero sobre todo mucha gente llorando alrededor, es lo que mejor recuerdo”.

Antonio Álvarez se muestra por otra parte tajante al señalar que “los críos no estaban allí jugando, fueron porque los carreros les dijeron lo de los melones y, de hecho, llegaron a los pies de barranco montados en los carros, que es muy distinto a que estuviesen allí jugando”.

“Fue una tragedia –prosigue- y yo me libré porque me dolía la garganta, se lo dije a Roberto, que era mi amigo y que resultó herido, que me iba para casa por ello. Cuando llegué a casa incluso recuerdo que me acosté y que mi madre me dio un zumo de naranja. Al rato de estar en la cama escuché muchas voces, gritos, llantos y ruido”, concluye.

“LA MAYOR MANIFESTACIÓN DE DUELO CONOCIDA EN CARTAYA”

En su edición del martes, 11 de noviembre, el diario Odiel publicó otra crónica. La del balance y, sobre todo, el multitudinario entierro, informando en páginas interiores que finalmente “seis niños fueron las víctimas del desgraciado accidente” y que “el pueblo en masa se asoció al entierro, que fue presidido por el Excmo. Señor Gobernador civil accidental”.

El corresponsal de dicho diario, Francisco García, detalló en su crónica que en la tarde del domingo tuvo lugar el entierro de cinco de los niños (el sexto apareció después), siendo “la mayor manifestación de duelo” conocida en Cartaya.

De Huelva “llegó expresamente el Gobernador civil accidental Francisco de P. Valladares, que con el señor alcalde y Cabildo en pleno, señor cura párroco, teniente jefe de la línea de la Guardia Civil y todo el elemento oficial de la Plaza, presidió el cortejo”, señala la crónica, donde se añade que “los niños de las escuelas públicas y de la parroquial acompañaron a sus compañeros hasta su última morada, portando sendas coronas de flores que depositaron en sus tumbas”.

“Antes de marcharse –concluye- el señor Valladares visitó el lugar del suceso, donde aún se sigue trabajando hasta ver de encontrar otro niño que aún falta, y después entró en los modestos hogares de los padres de los desgraciados niños, a los que expresó su condolencia y les prometió alguna ayuda económica ya que todos son familias muy humildes”.

LA ÚLTIMA VÍCTIMA

Sobre la última víctima, la edición de la tarde del diario señala que “por fin, después de ímprobos trabajos, ha sido encontrado el niño José Flores Díaz, que faltaba por rescatarse” a lo que añade un detalle escalofriante: “parece que la muerte de esta pobre criatura ha sido por asfixia pues no presenta señales de golpe y se vio que en el sitio que estaba había un pequeño espacio en hueco donde estaba refugiado, pero desgraciadamente, como a pesar de no cesar los trabajos durante todo el día y noche consecutivos, cuando se encontró ya era cadáver”.

La crónica concluye detallando que “el señor alcalde ha socorrido a las familias de las víctimas y ha costeado todos los gastos del sepelio, siendo digno de alabanza este gesto”.

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